Parte II: Genaro Guízar, la historia detrás del personaje

Parte II: Genaro Guízar, la historia detrás del personaje

Papá Apolonio prodiga inolvidable despedida.al futuro Contador Privado

Tras una estancia de dos días en Apatzingán, Genaro Guízar, con apenas 17 años de edad, dejó todo listo para ingresar a la Academia de Comercio «Pitman», la cual se ubicaba frente a la escuela primaria «José María Morelos», en calle Cornelio Ortiz de Zárate.
Luego de pernoctar en calle Esteban Baca Calderón, con una familia de orfebres, regresó a su natal El Limón con la sola idea de hacer maletas y retornar a la Cuna de la Constitución para continuar sus estudios: sería Contador Privado.
Ilusionado porque comenzaría a labrarse un futuro en las aulas convencido de que las carreras cortas en ese tiempo tenían gran demanda en empresas, pero sobre todo en las instituciones bancarias, no bien llegó a casa en su rancho de origen, cuando contó a mamá María Guadalupe y a papá Apolonio que ya era un profesionista en ciernes. Se había inscrito en la academia y en tres años más trabajaría y ganaría dinero. Mucho más de lo que había ganado como maestro rural o como aprendiz de panadero.
Mamá Lupita, como él le decía a su progenitora, se contagió de la emoción que transpiraba Genaro. Ya se imaginaba ella con su hijo preparado y con un buen trabajo. Sus hermanos también se emocionaron, pues el mayor, el ejemplo a seguir, sería Contador Privado y aunque ellos no tenían ni la mas remota idea de qué se trataba ese título, simple y sencillamente entendían que el hermano mayor sería importante.
Quien no se emocionó en lo absoluto, ni festinó la noticia, fue papá Apolonio, quien, sin digerir la información y obnubilado por la contrariedad a sus deseos de convertir a su hijo mayor en campesino, se levantó de su asiento y sin decir media palabra se dirigió a la pared en donde tenía colgada la chicota con la cual «aceleraba» al caballo y descargó por lo menos diez azotes contra Genaro, quien primeramente se sorprendió por la reacción de su padre, pero luego rompió en llanto ante la impotencia que le causaba la incomprensión de su progenitor, bueno, también por el dolor del flagelo i explicable. «Esa noche dormí calientito», dice Genaro, cuando recuerda el episodio subsecuente a su decisión de seguir estudiando.
De todos modos esa noche Genaro preparó su maleta, que no era otra cosa que una caja de cartón y unas bolsas de nylon, y durmió hasta las cuatro de la mañana del día siguiente, para salir ya sin despedirse de nadie para no despertarlos, con rumbo a la carretera que conduce a Apatzingán para tomar la «flecha» que lo trasladaría a la ciudad donde iniciaría su nueva aventura escolar.
A su llegada a Apatzingán ya había amanecido y se traaladó a la orfebrería de sus amigos.
No tuvo mayores dificultades para encontrar un trabajo de medio tiempo que le permitiera estudiar, ya que pronto aprendió el oficio soldar prendas de oro y plata, así como a hacer anillos, aretes, medallas y otras prendas de los preciosos metales.
Tampoco tuvo problemas para encontrar hospedaje y alimentación en casa de Don José Guadalupe Orozco y su esposa, Doña María del Socorro Andrade, a quien Genaro conocía porque era su paisana, ya que ella había nacido en El Limón.
Genaro recuerda que, como aprendiz de orfebre, ganaba entre ocho y diez pesos diarios soldando piezas de oro y plata.
Ese dinero lo empleaba en sus gastos escolares: «rara vez iba yo al cine, a menos que me lo invitaran, pues no me alcanzaba para esos lujos y vaya que estaba muy de moda el Purépecha», dice al recordar la otrora sala cinematográfica conocida como «El Aristócrata de los Cines».
Durante tres años, nuestro pesonaje se dedicó a trabajar «en lo que fuera», aunque ya había aprendido la orfebrería. Era el tiempo que duraba un joven en prepararse como Contador Privado.
«Habíamos muchos estudiantes muy pobres. Entre ellos recuerdo a Guillermo Ordaz, Cutberto Mota, Ricardo Ríos, Ramona Mendoza, a la maestra Audelia, quien daba clases en la Secundaria Federal No. 2, y debe de estar jubilada, y Alicia Estrada. Éramos todos muy pobres, sólo había dos o tres acomodados económicamente, entre ellos estaba Salvador Báez».
Genaro no sólo trabajó la orfebrería, pues en ocasiones se ocupaba como peón de albañil, cargador y algunas otras actividades que le garantizarán más dinero que los entre ocho y diez pesos al día que obtenía como soldador de prendas de oro y plata.
Los trabajos rudos sin duda alguna templaron su caracter. Lo convirtieron en una persona ahorrativa y con un alto sentido del valor de la inversión. No podía ser de otra forma ya que el dinero no sobraba, sino más bien faltaba.
Genaro desde entonces comenzó a ejercer liderazgo en… (Continuará el miércoles)…